30.5.12


Abrí tu carta en un parque que está cerca de donde vivía. Al terminar, caminé hacia un sitio que está dentro del mismo parque y que se caracteriza porque es donde los barrenderos, que se encargan de mantenerlo limpio, acumulan las hojas que caen de los árboles. En ocasiones son tantas que forman una incipiente montaña que a cierta hora del día, gracias al sol, adquiere un tono dorado muy lindo. Sin embargo, el encanto se rompe cuando el camión de la basura llega a recogerlas, con destino -para mí- desconocido. Al parecer no hace mucho pasó, pues son pocas las hojas que yacen ahí. Por eso decidí leer tu carta otra vez en ese sitio y darles un poco de esperanza: les conté que tal vez alguien decida rescatarlas atándolas sutilmente a un pedazo de papel, metiéndolas en un sobre, convirtiéndolas en hojas interoceánicas.

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