31.10.11

: Ausencias

Uno
Ojalá de verdad estuvieras en ése pedazo de mundo. 
Y que ir al camposanto fuera suficiente para que mi alma pueda descansar en paz. Para dejar de pensar que nunca conocí tu rostro, que no me atreví a cantarte un arrullo mientras la muerte se encargaba de arrancarte de mis brazos y que, tampoco, me armé de valor para echar un puñito de tierra sobre el ataúd que se llevó para siempre tu presencia.
Lo único que alcancé a hacer fue apretar contra mi pecho la cobija en la que envolvieron tu cuerpo y llorar y llorar. 


Dos
Qué ganas de que decir adiós fuera sinónimo de olvido. De que mente, corazón y cuerpo se volvieran insensibles a aquello de lo que nos despedimos. Dejar ir no garantiza despojarse de los recuerdos ni de todo lo que evoca un nombre, una caricia. Qué ganas de que la voz no se me quiebre y la vida se me descomponga (por uno, dos o cientos de minutos) cuando hablo de ti.


Tres
Supongo que llega un momento en el que nos cansamos de esperar que las cosas mejoren, avancen, sean diferentes o, de plano, se vayan al carajo. Hubiera querido comprender aquello de que la vida es lo que sucede mientras estamos ocupados haciendo otros planes o de que no tiene caso esperar que algo o alguien te enseñe el camino a seguir, a los 5 ó 6 años. De algo habría servido. Tal vez sería mejor persona. Tal vez tendrías más ganas de estar junto a mí.

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