2.2.11

: No hay derecho

Pastando la vida es más sabrosa

No estoy a favor del maltrato a los toros. Nada justifica la violencia contra ellos o contra cualquier ser vivo por pequeño que éste sea.
Claro, también sé que hay especies más carismáticas que otras y por ello no todas captan por igual la atención de la gente.
Así, podemos matar una hormiga o una cucaracha sin empacho pero no haríamos lo mismo con un gato o con un perro, por supuesto.
Regresando a los toros, ¿cuántos de los que reprobamos su maltrato comemos –en menor o mayor proporción- carne de res? No lo sé de cierto, pero supongo que varios.
Y a pesar de que existan técnicas vanguardistas para matar a aquellos que después serán alimento, cualquier tipo de muerte lleva implícito cierto nivel de sufrimiento.

En septiembre del año pasado Leonora Esquivel, presidenta de la fundación Anima naturalis, visitó Xalapa para dialogar sobre los derechos de los animales.
Entre otras cosas, mencionó que anualmente mueren 50 mil millones de animales terrestres, destinados para consumo humano; otros 100 millones perecen en laboratorios experimentales, eventos taurinos, fiestas populares, peleas clandestinas, etcétera.
Otro de sus planteamientos fue que aunque no consumamos carne, la producción de todos los derivados de origen animal también está vinculada al maltrato.
Jeremy Bentham (fundador del utilitarismo) sostenía que el argumento para que los humanos discriminen a otros seres vivos no debería ser si éstos pueden razonar o hablar, sino cuestionar ¿pueden sufrir?
Desde esa perspectiva, Esquivel opina que los animales tienen dos grandes intereses: evitar el dolor o estados de sufrimiento y procurarse placer o estados de bienestar.
Repito, estoy en contra de que los toros sean violentados en Tlacotalpan y en cualquier otro sitio, pero ¿no sufren también antes de morir para después ser consumidos por humanos?
La diferencia, tal vez, es que no vemos como, desde que nacen, son confinados a espacios donde se restringe su crecimiento.
Tampoco hemos atestiguado que, cuando alcanzan la talla o peso adecuado, son forzados a subir a un vehículo que después los llevará al rastro donde los matarán a palos, los electrocutarán o les darán un balazo.
Como se ha comprobado a través de los años, a pesar de los exhortos y protestas es difícil cambiar los usos y costumbres de un pueblo como Tlacotalpan, donde esta “tradición” del embalse y posterior lidia de toros está tan 
arraigada e incluso vinculada a su fe, a sus creencias.
Sin pretender alentar a quien lea esto a que sea vegetariano o vegano, opino que todos los que nos manifestamos contra el maltrato a los toros bien podríamos reflexionar sobre nuestros hábitos de consumo.
Posiblemente estaríamos haciendo un poco más por aquellos seres vivos a quienes defendemos a través de firmas y opiniones verbales o escritas.

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