6.6.10

: El porqué de las gardenias.


Cuando niña, mamá pasaba muy poco tiempo conmigo. La veía un rato antes de dejar la casa para ir a la escuela; la hora de la comida nos regalaba más instantes juntas; la noche, otro tanto.
Por eso los fines de semana de mi infancia, durante muchos años, tuvieron que ver con gardenias.
Cada sábado, o domingo, mi madre y yo subíamos a su auto –un vocho ochentero- y ella manejaba hasta Fortín de las Flores. La ciudad y el hotel.
El hotel y su alberca. Enorme, con chapoteadero. Ahí le tomé gusto a sumergirme por horas, a bañarme de sol, de vida. Aprendí a no tener miedo de conocer gente, de hacer amigos que tal vez no volvería a ver.
Ahí, también, aprendí a nadar. Ocasionalmente nuestras visitas coincidieron con las de Mario Limón, un señor con 60 y tantos años a cuestas y un gran carisma; él me enseñó a mí, a otros niñ@s, a otras personas.
El paso de los años me llevó a la parte más honda. Y a sentir, por primera vez, el olor de las gardenias sobre mi cuerpo.
Esa flor es el logotipo del hotel. Está dibujado en medio de la alberca con azulejos color índigo que contrastan con los de color ultramarino que cubren el resto de sus paredes.
Todas las mañanas, antes de abrir la alberca al público, vaciaban decenas de flores en el agua. Pocas veces me tocó verlas juntas, al centro, esperando a que alguien, tras el primer chapuzón, las obligara a separarse. Creo que nunca fui yo la culpable de un crimen de esos tamaños.

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