1.7.09

.: El cuento :.


Santo Paseo

Pantaleón, Pantita para los cuates, tiene nueve años y vive al cuidado de su abuela Felipa, pues sus papás se volvieron gente de ciudad y abandonaron la sierra y todo lo que les recordase a ella. Sólo muy de vez en cuando le mandan paquetes con golosinas, ropas, juguetes y distracciones de niños citadinos. Lo único que ha rescatado de esas entregas es un radio color azul, que guarda celosamente en un huacal de madera, junto con lápices que pintan de colores y hojas que, a menudo, están tiznadas de carbón.
A Pantita le gusta la montaña, el azul del cielo y las nubes, que dice él, son de algodón. Le gusta tener la piel del color del barro y que esté quemada por el frío y por el sol. Sus pies ya se amoldaron al suelo, a las piedras. Sus manos a la tierra y las semillas. Pantaleón y Felipa se pasean entre mazorcas; siembran, cosechan y viven, se tienen el uno al otro y así son felices.

Julieta es la menor de sus hermanos. Se la vive regalando sonrisas y siempre esta pendiente de los camiones que salen o entran del pueblo. Le gusta imaginar que sube a uno y se va lejos. Ella quiere conocer el cielo que bajó a la tierra y que sabe a sal, como ha escuchado en las historias que su padre suele contarle.
Julieta y Pantita se ven de lejos. Se sonríen y se hablan con los ojos. Después de la escuela, Pantita acostumbra prender su radio para escuchar sonidos, voces y música. Julieta se sienta a su lado, cerca del desfiladero rodeado de alcatraces, con la ciudad a sus pies.
La iglesia pintada de colores llamativos es lo primero que se ve al llegar a San Miguelito de los Alcatraces. No hay calles bien definidas, sino caminos, terracería y al final de todas las casitas, el camposanto. Dentro de la austera construcción hay unas cuantas bancas de madera de pino, ajadas por el tiempo. En el altar principal, bañado por un haz de luz y tallado en madera, está el santo patrono del lugar. Es una figura de no más de cuarenta y cinco centímetros de altura que tiene una historia peculiar. Al ser una comunidad enclavada en la sierra no hay un sacerdote de planta, por lo que cada domingo llega uno diferente y sólo oficia la misa de doce. Aprovechándose de la situación, hace cinco años un falso párroco saqueó las pocas imágenes que albergaba la iglesia y en su huir, rompió la efigie de San Miguelito.
Por eso uno de los lugareños hizo una réplica en madera de cedro, a la cual sólo bastó pintarla para que quedara igualita a la original. Cuando la lluvia no cae y la cosecha está a punto de secarse, las mujeres le rezan al santito para que traiga agua en abundancia. Y si alguien del pueblo se enferma le encienden decenas de veladoras pidiendo por su pronta recuperación. La figura es tan venerada, que la gente se congrega en la víspera de año nuevo nomás para hacerle compañía y de paso, pedirle los colme de bendiciones todos los meses por venir.
Pantita no es ajeno a la creencia de que el santito es bien milagroso, por eso va a verlo todos los días. Antes de que los gallos comiencen a cantar él agarra camino, presuroso para regresar antes de que Felipa abra el ojo. La primera vez que fue, a los cinco años, su principal pedimento era que sus padres regresaran al pueblo. Tiempo después, cuando le avisaron que se lo llevarían con ellos a la ciudad, rezaba para quedarse.
Pero un día, Pantita encontró a Julieta en la iglesia, hincada, con las manos entrecruzadas a la altura del pecho y los ojos cerrados, apretados. Lo que más le sorprendió fue descubrir que la niña lloraba. Notó que al escurrirse por sus mejillas, las lágrimas le despintaban la cara. Al día siguiente, en espera de que sucediera lo mismo, decidió esconderse detrás del altar para ver si descubría el motivo de los rezos de Julieta. Doce semanas después, por fin lo supo. Su amiga chillaba porque su papá estaba lejos, trabajaba cuidando ganado ajeno, cerquita del mar. Ella se quería ir con él, ayudarle en sus tareas y después, sentarse en la arena a tomar agua de coco, remojar sus pies en esa fuente inagotable de agua con sabor a sal.
Fue así como Pantita agarró la costumbre de aprenderse lo que pedía Julieta. Cuando ella salía de la iglesia y después de hacer su oración acostumbrada, ahora pidiendo que su abuelita viviera hasta que él se muriera, él repetía todo lo que la niña había dicho. Pero ya habían pasado tres años y nada. Julieta seguía con su rostro despintado. Se daba cuenta de eso cuando la tenía cerquita y ambos pegaban una oreja al radio azul. El tizne del carbón, que vuela cuando se prende el anafre, no cubría toda la cara de la niña. Justo debajo de cada ojo se dibujada una línea más clara, esa que evidenciaba su tristeza.
Cansado de ver que el santito nomás no hacía el milagro para que su amiga conociera el mar, Pantita decidió raptarlo. No le tomó mucho tiempo concluir que esa era la única forma de obligarlo a que le cumpliera a Julieta.
Por eso la madrugada de ese lunes decidió salir más temprano que de costumbre rumbo a la iglesia, corriendo con la astucia de un tejón, alumbrado por la luna y acompañado del canto de los grillos. Una vez ahí, desató con cuidado el mecate que mantenía unidas las dos puertas del recinto, caminó hasta el santito y después de persignarse, lo tomó con las dos manos, implorando su perdón y diciéndole que hasta que Julieta conociera el mar lo devolvería a su sitio.
De regreso en su casa no sabía dónde poner a San Miguelito y tampoco tenía mucho tiempo para planearlo, así que optó por envolverlo con unos trapos y meterlo en el costal que cargaba a cuestas lo mismo para ir a trabajar al campo que para ir a la escuela.
Al alba, como todos los días, el niño y su abuela se fueron al maizal. Felipa solía caminar a paso lento, encorvada, como si llevara todos sus años sentados en la espalda. Él creía que por eso, a pesar de ser mayor, con el paso del tiempo ella se hacía más bajita. Aprovechando la agilidad de sus años, Pantita se adelantaba para esconderse entre las plantas de maiz y rozarlas cuando Felipa pasara. Como algunas hojas alcanzaban a tocarle el rostro, le hacían cosquillas y ella sonreía durante todo el trayecto.
Pantita interrumpió su juego al recordar que llevaba a San Miguelito en el costal y pensó que para esa hora, la gente del pueblo ya habría notado su ausencia. Sin embargo, esperaba que el recado que dejó en lugar del santito los mantuviera tranquilos: “Jui a pasiar regreso luego”. También pensó en Julieta, en lo feliz que sería al ver realizado su deseo. Aunque no podía decirle nada, le urgía verla, convencerla de que no perdiera la esperanza pues pronto se cumpliría lo que tanto quería.
El niño realizó sus labores emocionado, incluso cortó más mazorcas que de costumbre, tantas como le fue posible guardar en su costal. Felipa dio por concluida la jornada y el niño le pidió permiso de quedarse otro rato en el lugar, pues quería cortar flores para Julieta y llevárselas a la escuela. Con un beso, Felipa consintió su pedimento y se fue.
Pantita estaba feliz, caminó lo más rápido que pudo hacia el lugar de los alcatraces. Después de cortar una docena, comenzó a girar con los ojos cerrados repitiendo decenas de veces:
- Julieta va a conocer el mar, Julieta va a conocer el mar.
No se percató de la cercanía que tenía con el desfiladero. Su pie derecho resbaló y aunque trató de aferrarse al pedazo de tierra, el peso de San Miguelito y de los elotes que había cosechado lo vencieron.
Cayó al vacío, con los ojos bien apretados para que el golpe doliera menos. Nunca se supo más de él, pero su desaparición vivió en el recuerdo de los pobladores, quienes decían que Pantita era el niño que San Miguelito se llevó de paseo al cielo.

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