22.6.09

Puro cuento


Santo Paseo


Pantaleón, Pantita para los cuates, es un niño de nueve años que vive al cuidado de su abuela Felipa pues sus papás se volvieron gente de ciudad y abandonaron la sierra y todo lo que les recordase a ella. Sólo muy de vez en cuando le mandan paquetes con golosinas y ropas, juguetes y distracciones de niños citadinos. Lo único que ha rescatado de esas entregas es un radio color azul, que guarda celosamente en un huacal de madera junto con lápices que pintan de colores y hojas que a menudo están tiznadas de carbón. A Pantita le gusta la montaña. El azul del cielo, las nubes que dice él, son de algodón. Le gusta tener la piel del color del barro y que esté quemada por el frío y por el sol. Sus pies ya se amoldaron al suelo, a las piedras. Sus manos a la tierra y las semillas. Pantaleón y Felipa se pasean entre alcatraces y mazorcas. Siembran, cosechan y viven. Se tienen el uno al otro y así son felices.

Julieta es la menor de sus hermanos. Se la vive regalando sonrisas y siempre esta pendiente de los camiones que salen o entran del pueblo. Le gusta imaginar que sube a uno y se va lejos. Ella quiero conocer el cielo que bajó a la tierra y que sabe a sal, como ha escuchado en las historias que su padre suele contarle. Julieta y Pantita se ven de lejos. Se sonríen y se hablan con los ojos. Pantita acostumbra prender su radio por las tardes para escuchar los sonidos, las voces y la música. Julieta se sienta a su lado, cerca del desfiladero, con la ciudad a sus pies.

La iglesia pintada de colores llamativos es lo primero que se ve al llegar a San Miguelito de los Alcatraces. No hay calles bien definidas, sino caminos, terracería y al final de todas las casitas, el camposanto. Dentro de la austera construcción hay unas cuantas bancas de madera de pino, ajadas por el tiempo. En el altar principal, bañado por un haz de luz y tallado en madera está el santo patrono del lugar. Es una figura muy peculiar de no más de 45 centímetros de altura. Por ser una comunidad enclavada en la sierra no hay un sacerdote de planta. Cada domingo llega uno diferente y sólo oficia la misa de doce. Hace un par de años, un falso párroco llegó a San Miguelito de los Alcatraces y saqueó las pocas imágenes que albergaba la iglesia. Decidieron hacer una réplica en madera, que pintada, se convirtió en copia fiel de la original.

Así, cuando la lluvia no cae y la cosecha está a punto de secarse, las mujeres le rezan al santito para que traiga agua en abundancia. Y si alguien del pueblo se enferma, le encienden decenas de veladoras pidiendo por su pronta recuperación. La figura de madera es tan venerada, que la gente se congrega en la víspera de año nuevo nomás para hacerle compañía y de paso, pedirle los colme de bendiciones todos los meses por venir. Pantita no es ajeno a la creencia de que el santito es bien milagroso, por eso va a verlo todos los días. Antes de que los gallos comiencen a cantar él agarra camino, presuroso, para regresar antes de que Felipa abra el ojo. La primera vez que fue, a los cinco años, su principal pedimento era que sus padres regresaran al pueblo. Tiempo después, cuando le avisaron que se lo llevarían con ellos a la ciudad, rezaba para quedarse.

Un día, Pantita encontró a Julieta en la iglesia, hincada, con las manos entrecruzadas a la altura del pecho y los ojos cerrados, apretados. Lo que más le sorprendió fue descubrir que la niña lloraba. Notó que al escurrirse por sus mejillas, las lágrimas le despintaban la cara. Al día siguiente, en espera de que sucediera lo mismo, decidió esconderse detrás del altar para ver si descubría el motivo de los rezos de Julieta. Doce semanas después, por fin lo supo. Su amiga chillaba porque su papá estaba lejos, trabajaba cuidando ganado ajeno, cerquita del mar. Ella se quería ir con él, ayudarle en sus tareas y después, sentarse en la arena a tomar agua de coco, remojar sus pies en esa fuente inagotable de agua con sabor a sal.

Fue así como Pantita agarró la costumbre de aprenderse lo que pedía Julieta. Cuando ella salía de la iglesia y después de hacer su oración acostumbrada, ahora pidiendo que su abuelita viviera hasta que él se muriera, él repetía todo lo que la niña había dicho. Pero ya habían pasado tres años y nada. Julieta seguía con su rostro despintado. Se daba cuenta de eso cuando la tenía cerquita y ambos pegaban una oreja al radio azul. El tizne del carbón, que vuela cuando se prende el anafre, no cubría toda la cara de la niña. Justo debajo de cada ojo se dibujada una línea más clara, esa que evidenciaba su tristeza. Cansado de ver que el santito nomás no le hacía el milagro de que su amiga conociera el mar, Pantita decidió raptarlo.

(Continuará... aquí)

4 comentarios:

svankmajerovo dijo...

Espero no tarde mucho la continuación, de haber sabido me esperaba para leerlo todo completo, ahora quedo en ascuas. Muchos saludos.

Sux dijo...

Svankmajerovo:

Yo también espero no tardar mucho en subirla. Gracias por pasar por acá, ¡saludos!

estancia infantil arcoiris dijo...

hola susana saludos desde huixquilucan ya me paso luis tu pagina y estaré pendientes de tus publicaciones en ella

atentamente

hugo alejandro ortiz tejda

Talachera dijo...

¡Hola Hugo!

Tantísimo tiempo, saludos y buena vibra, que chido que te des un rol por acá.