25.3.09

Del morralito de letras...

La foto es del pasado domingo (22 de marzo) durante una visita al camposanto. El texto tiene un par de años.

Flores para la abuela

Es la noche más corta que he vivido. La abuela murió un día después de haber regresado a casa, tras su estadía en el hospital. Llevaba 2 años acostada en una cama y sólo se levantaba para lo necesario. El tiempo consumió sus ganas, opacó sus ojos y pintó de blanco sus rizos. Por recomendación del geriatra, sus cuatro hijos decidieron internarla, nada consolaba a la abuela: dejó de comer y la medicina no era suficiente.

El sábado que se fue cumplí 26 años. Recuerdo que dos paramédicos la recostaron en una camilla y la cargaron para subirla a la ambulancia que esperaba frente a la puerta principal. Las personas que caminaban en la calle volteaban curiosas. Sus hijas, mi madre y mi tía, irían a su lado; mis 2 tíos, con sus respectivas esposas, la seguirían en un carro; los nietos nos quedamos a esperar. Julieta, mi abuela, llevaba las manos entrecruzadas sobre su estómago; jugaba con sus dedos pulgares pasando uno sobre otro. Me despedí de ella y le pedí que se portara bien. Con una sonrisa, me dijo adiós y esa fue la última vez.

Tres días después, cuando regresó, ya no me hablaba, ni me miraba. Tampoco podía acariciar mi cabello, como solía hacerlo. Su cuerpo inmóvil, recostado sobre la cama de cedro, resistía ayudado de un tanque de oxígeno y suero. Al inhalar y exhalar hacía un ruidito extraño, que al paso de las horas se convirtió en esperanza; su respiración era la única señal de que permanecía con nosotros.

Fue la primera vez que comprendí la fragilidad de la vida, lo fugaz de una sonrisa y lo necesario que a veces, puede ser un abrazo. Imaginaba que la abuela, en su inconciencia, vagaba por todos los lugares que siempre quiso conocer. Me preguntaba dónde andaría, a quién visitaría en ese letargo: no sabía si ella sentía mi boca rozando la delgada piel de sus manos. Las lágrimas se me escapaban al recordar su voz, tarareando alguna canción vieja.

Transcurrió el martes, me reporté en el periódico, regresé y todo seguía igual. A la hora de dormir, me recosté a su lado, pendiente de sus signos vitales. Vinieron a la mente todos esos momentos en los que la desesperación me ganó y el egoísmo salió a flote; no fui paciente con ella, no valoré su cariño y ese era el peor castigo. Me sentía culpable por querer que despertara y aún hoy, no dejo de recriminarme todo lo que no dije, todo lo que dije de más.

En el ambiente se respiraba un dejo de resignación. Si bien es cierto esperábamos que la vida fuera generosa y nos la devolviera, también lo es que ella lucía cansada. La tarde del miércoles –mi horario en el periódico es vespertino-, fui a trabajar. Salí temprano, pasé a la panadería y ahí, una viejecita me vendió un ramo de gardenias.

A unos pasos de mi calle sonó el teléfono móvil: era Maricarmen -mi prima- para preguntar dónde estaba. Cerca, contesté. Al tiempo en que caminaba observé mi casa, todas las luces estaban encendidas. Al entrar, las caras largas, tristes: mi abuela dejó de respirar. Irónicamente, las gardenias fueron las últimas flores que compraría para ella. Y las primeras que adornarían su ataúd.

1 comentario:

tOnYtO dijo...

Excelente texto. La perspectiva de las personas hoy en día ha cambiado mucho, actualmente estamos impregnados por un individualismo tan extremo que no pensamos en el futuro, solo en el presente. La muerte esta allí para recordarnos que la vida no es un "hoy" eterno.

Saludos